Escuchar a los demás

Hace unos días tuve la ocasión de recordar una de las anécdotas de mi vida laboral.  Ocurrió hace ya unos cuantos años, trabajando para otra compañía, que a la sazón se encontraba bajo la dirección de personas que hace tiempo dejaron ese timón para aventurarse en otros mares.  Comenté en Twitter, en una respuesta a mi antiguo compañero y colega @angelgavin, que recordaba esta anécdota, y me instó a contarla.  Pues bien, a eso dedico este breve artículo.

(Por cierto, no mencionaré nombres de personas, ni de compañías, aunque cualquier lector con el contexto suficiente, que no es demasiado amplio, sabrá identificarlos a la perfección.)

Llevaba yo trabajando en esa compañía unos cuatro años, creo.  Ya había pasado por un par de proyectos de gran envergadura, e incluso es posible que hubiese ya colaborado con otras unidades de la misma compañía, no lo recuerdo exactamente.  Lo que sí recuerdo es que por aquel entonces disfrutábamos de la existencia de unas pequeñas habitaciones donde se localizaban una máquina de café y varios tipos de infusiones.  Estas habitaciones minúsculas, demasiado pequeñas incluso para alojar a un becario, no habían encontrado mejor uso que ése hasta la fecha, y lo cierto es que para nosotros era un placer interrumpir de vez en cuando el trabajo y juntarnos con compañeros de proyecto, o de otras divisiones, para comentar cualquier tema de la actualidad al aroma de un café o un té.  Recuerdo que incluso algunos grandes lumbreras del pasado y del presente se dedicaban a sesudas discusiones de ingeniería, matemática, física, economía, …  El ambiente de trabajo por aquel entonces era realmente estimulante.

Da la casualidad de que mi despacho estaba a escasos 15 metros del despacho del director general.  Me encontraba cerca de una de las áreas “nobles” de la casa.  Y se da la circunstancia de que al director general de aquellos tiempos le apetecía de vez en cuando juntarse con la masa y tomarse un café en aquella habitación, la más cercana a su despacho, que era la que tenía enfrente del mío.

Este hombre era un tipo inteligente, y además en cierto modo bastante accesible, ya que (a diferencia de los que habrían de venir después) se introducía a menudo en las conversaciones que en el momento de su llegada se podían escuchar.  Incluso de vez en cuando, a pesar del silencio que podía hacerse al entrar él en aquellos cubículos, él mismo iniciaba alguna conversación intrascendente.   Dejémoslo en que era bastante accesible.

Quiero dejar claro que cada uno tiene por supuesto su visión de las cosas.  A mí este hombre siempre me cayó bien, y aunque me consta que algún conocido mío tuvo algún enganchón con él, yo siempre le he tenido en gran estima.

A lo que vamos.  Por aquel entonces (ahora creo que también, aunque de alguna otra manera) existía un buzón de ideas donde cualquiera podía proponer cualquier mejora, idea de proyecto, etc., que era remitida a su vez por los encargados de mantener aquel servicio a la persona que entendiesen que era la más indicada para recibir aquella propuesta.  Yo siempre procuré proporcionar ideas, y algunas eran recibidas con gran acogida.  Otras con silencios como respuesta.  El caso es que una vez propuse la idea de explorar el incipiente mundo de la nanotecnología, para estudiar de qué manera y en qué tipo de proyectos podía involucrarse nuestra compañía, una empresa de software de gran calidad y con experiencia en proyectos críticos.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando unas semanas más tarde, se presenta en mi despacho el director general y me dice que si tengo unos minutos.  Me quedé a cuadros, y lo primero que pensé es que me iban a echar.  Me parecía increíble, porque siempre me habían valorado magníficamente, pero en fin…

Al llegar a su despacho y sentarme delante de su escritorio comenzó a hablarme del e-mail que habían enviado acerca de la nanotecnología.  Le había encantado la propuesta, y me confesó que él ya había estado estudiando el tema.  Estuvimos hablando un rato, y al final me dijo que si surgía algo, me lo comentaría.  Yo estaba flipando.

Pero aluciné mucho más cuando, unos meses después, apareció de nuevo en mi despacho, y me dijo que le siguiese.  De nuevo fui, y esta vez me dijo que si me interesaba ir con él a ver a unas personas de una universidad de una capital andaluza, para ver unos procesos y prototipos que tenían con los que desarrollaban telas de alta resistencia mediante materiales nanotecnológicos.  Le dije que por supuesto estaría encantado.

Y allí nos fuimos en el AVE días después.  No sé muy bien qué esperaba él de mí, pero lo cierto es que yo me sentía totalmente fuera de lugar.  Fue tremendamente interesante, pero tenía la impresión de que en cualquier momento podían hacerme cualquier pregunta que me dejaría en evidencia.  Nos fuimos a comer a un gran restaurante con aquellos investigadores, y después de vuelta a Madrid.  Comentamos ligeramente la jugada en el AVE de vuelta, y quedamos en que aquello no parecía demasiado interesante para nosotros en cuanto a negocio.

Y eso fue todo en realidad.  Pero me quedé con algo muy importante: aquella persona, nuestro director general, no sólo era capaz de escuchar la propuesta de cualquiera, y de discutir con ella o él los pros y contras de aquel tema; sino que era capaz de hacerle partícipe de las evoluciones de aquel tema.  Aquello me enseñó que siempre hay que poner en valor las ideas de cualquiera.  Y me reafirmó en mi idea de que lo más inteligente que se puede hacer, y lo más beneficioso para uno mismo y para todos en conjunto, es prestar atención y escuchar a los demás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *